Libres

Mi esposo, la ardillita y yo

Ayer por la mañana, me encontré una ardillita en el jardín. Inerte la pobrecita. Pensé que estaba muerta y le pedí a mi esposo que la revisara. ¡Estaba viva! Pero, no podía moverse mucho. Detectamos que no tenía fuerza en sus patitas delanteras, aunque intentaba usarlas. Además, parecía estar ciega. Desde ese momento, Abraham, mi esposo, se dedicó a ayudarla. Le hizo una jaula improvisada con la canasta para la ropa sucia. Más tarde, siguiendo las instrucciones que nuestro veterinario de cabecera, Gabriel Alas (valga el comercial), nos dio por teléfono, le dio una aspirinita y fruta, pensando que quizás así, esta ardillita sin nombre podría reaccionar, en caso de haber sufrido una descarga de electricidad. La aspirinita le animó un poco.

Más tarde, cuando regresamos cerca de las 11 de la noche, notamos que la ardillita estaba bien decaída. Al mediodía, Abraham le había detectado ciertas protuberancias en su cuerpecito, pero no parecían heridas. La revisó de nuevo, y esta vez descubrió que eran heridas, y además que se estaban llenando de gusanos. Desde ese momento, intuí que la ardillita iba a morir y pensé que lo mejor era llamar a Gabriel para que llegara y determinara qué tan grave estaba y si no había más remedio, que le aplicara la eutanasia para que no sufriera más. Mi esposo lo llamó y desde ese momento con un profundo respeto observé cada uno de sus movimientos.

Era tarde, pero no habíamos comido, por lo que preparé una suave cena tardía, la cual Abraham dejó en espera, porque en lugar de darse por vencido con la ardillita, se dedicó a quitarle con cuidado y minuciosamente cada gusano que tenía en esas heridas. Me pidió que no viera lo que estaba haciendo porque era muy perturbador. Le puso agua oxigenada y bicarbonato hasta que las heridas quedaron limpias. Le cambió la toalla sobre la que descansaba, y le colocó una camiseta limpia. Por la mañana, temprano, llegaría Gabriel a ver si aún se podía hacer algo por ella. Sin embargo, cuando me levanté, me di cuenta que la ardillita ya había muerto.

Pero, ¿y por qué cuento esta historia? Porque reflexioné –mientras mi esposo se dedicaba a limpiar a la ardillita por la noche– al observar el ahínco con el que lo hacía… y pensé: “De ese corazón me enamoré yo, de ese que sabe que la ardillita no tiene cómo compensarle, pero aun así se dedica a ayudarle por pura misericordia”. Nadie más que yo lo estaba viendo y esta historia él no se la va a contar a nadie (lo conozco). Pero, la cuento yo en mi blog porque no quiero que este día se diluya en el olvido.

A veces, cuando estamos en pareja, sabemos que amamos profundamente a la persona, pero la rutina y el egoísmo nos absorben y se nos olvidan las razones exactas por las que escogimos a nuestro compañero de fórmula. Sin darnos cuenta, empezamos a otorgar puntos a la otra persona, en la medida que ésta nos dé lo que necesitamos, de lo contrario se los restamos. Y dejamos de lado el mágico principio de la relación cuando no existen las tablas de puntuación. Ayer, me acordé que yo me enamoré de un corazón compasivo. Gracias a ese corazón, esa ardillita tuvo atención especial en sus últimas horas y murió limpia en un ambiente confortable. ¡Descansa en paz ardillita!

P.D. Por la mañana, vi que Abraham se quedó viendo al jardín por unos minutos… Procedió a hacer un hoyo y le dio un entierro digno a la pequeña silvestre.

4 comentarios sobre “Mi esposo, la ardillita y yo

  1. es una muy bonita historia y por eso me gustan las variables cuando ser puede hacer y esta historia se presta muy bien para una segunda parte que la titularia ¿quien mato la ardilla ? un buen blogger ,un buen escritor como tu querida autora llevaria la historia a la angustia sicologica; un giro de rabia o quien sabe que perturbacion sentimental hicieron que el noble esposo matara a su ardillita y todo se descubre al final en la mañana cuando tu lo observas desde la ventana.

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