Construcción personal

Macho agresor, te perdono

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A aquel macho adulto que, a mis 7 años, me miró de una manera que no entendí, pero me hizo sentir sucia. A aquel macho en pleno desarrollo adolescente, que me bulió con tanta violencia que me hizo creer que, para caerle bien y parar la amenaza, debía esconder mis habilidades, y dejarlo sobresalir.  A aquel macho contemporáneo que intentó, con intimidación, irrespetar un no. A ese macho profesional que se valió del valor social de su sexo para anular mis esfuerzos y me utilizó para montarse sobre mi trabajo y talentos… A todos esos machos agresores, y a los que ya ni vale la pena intentar recordar, a ellos, los perdono.

Los perdono porque no merezco vivir con rencor y a la defensiva. Los perdono, porque quiero soñar aún, y sí, muchas veces en color rosa, azul, verde, marrón, el que se me ocurra. Sueños que me permitiré tener aún en mis años de viejita, cuando no tenga muchas fuerzas para ejecutarlos, pero con un corazón y una cabeza bien en forma para sentirlos e imaginarlos.

Los perdono de verdad, porque el verdadero perdón es el olvido, y merezco olvidar todo lo que alguna vez me pudo haber dañado. Los perdono porque no necesito llevar la enorme carga de ser una víctima de la vida y lo peor: de por vida, renunciando al privilegio de ser una adulta responsable de mis actos, y de sus consecuencias.  Valoro tanto esa libertad de hacerme cargo de mí misma, al grado que me alegro de darme el preciado lujo de elegir no tener a alguno de ustedes cerca de mi vida, ni a alguien que se les asemeje.

Te perdono, ¡ay macho agresor!, porque tengo esa capacidad de hacerlo, ya que tu violencia no me mató, a Dios gracias. Sé que muchas no sobrevivieron a tus embates, y por ellas y las que puedan ser protegidas, cualquier lucha y legislación en favor de una sociedad en la que aminore, y si fuera posible, se erradique la violencia en contra de la mujer la aplaudo, abrazo y apoyo, pero con la cabeza y el corazón, no con el hígado; porque desde la cabeza y el corazón puede nacer justicia, en cambio el hígado no conoce otra cosa que parir venganza.

Los perdono, machos agresores, porque mi mente es más fuerte que su violencia, y mi voluntad tan férrea como para expulsar un pesado e inútil trauma. Así, mi cabeza y mi corazón sanados por el perdón, no me boicotean la enorme dicha de amar a mi padre, a mi esposo, amigos y parientes del sexo masculino, sin ver el reflejo de su agresión en ellos, estando profundamente agradecida de su presencia, apoyo e influencia. Ellos no tienen la culpa de su violencia, machos agresores. Actitudes y comentarios machistas saldrán de mis queridos allegados muchas veces, estoy consciente, pero me niego a vivir como jueza de ellos, y menos a calificar de violenta toda actitud considerada como machista: porque no es lo mismo recibir un golpe o ser controlada por un marido abusador a tener un esposo protector y proveedor por su forma de concebir los roles desde una perspectiva más conservadora, llámese si se prefiere, machista. Pero no, no es lo mismo.

Los perdono, porque a ningún macho agresor puedo darle el poder de fomentar el odio y la amargura en mi corazón, o de arrancarme un credo que adora a un Dios padre y a un Dios hijo.  Es verdad que pudieron llevarse algo de mi valiosa inocencia en un tiempo en que ni legislación básica contra la violencia contra la mujer teníamos, pero – ¡ay, machos agresores que pasaron por mi vida! — las maravillas de mi adultez sólo a mí me corresponde conservar, con el milagroso acto del perdón.

Por esas razones, por amor a la vida misma, y por mí, ante todo, macho agresor, te perdono.

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