Construcción personal

Cuando la felicidad llega, abrázala

feliz

Cuando niñas, ¿se preguntaban si eran felices? Yo no. De verdad. Y, aunque –como toda niña—viví situaciones desagradables de cuando en cuando, recuerdo que pronto pasaban. La idea era volver al confort de la alegría, que de algún lado siempre llegaba.

No puedo recordar exactamente en qué rebelde minuto de mi adolescencia empezó mi búsqueda por la felicidad, pero hoy que lo veo en retrospectiva, me planteo una contradicción: venimos de un estado natural en el que no nos preguntamos qué es felicidad –pero nos sentimos felices– a un momento en el que decides que no te sientes feliz y por lo tanto empiezas la tortuosa búsqueda. Luego, te imaginas y visualizas la felicidad como personas y cosas fuera de ti misma: novio, esposo, amigos, familia, hijos, dinero, trabajos, cargos, fama, reconocimientos, conocimiento, etc.  Y, con plan en mano, empiezas a buscar y a buscar y a correr de ti misma, alejándote precisamente del único lugar en donde puedes encontrar el tesoro: TU.

Incluso, para quienes practicamos un credo religioso cristiano, empezamos a perseguir parte de la felicidad en prácticas fuera de nuestro ser: posiblemente imitamos, y –sin hacerlo adrede– fingimos rituales o prácticas, sin entender, pensando que eso nos reforzará la espiritualidad y por ende nos alumbrará el camino a la felicidad. Así, te vas alejando de ti misma, olvidando que, si no dejas vivir al Padre y al Hijo dentro de ti, nada de lo que hagas te hará verdaderamente feliz. De nuevo, el camino era más corto: la respuesta podías hacerla residir dentro de ti.

Y por supuesto, como has estado buscando de todo para ser feliz, un buen día te das cuentas que tanto te alejaste de ti misma, que se te olvidó amarte bien. Y claro, como te consideras una mujer intuitiva e inteligente, decides que eso no lo puedes permitir. Entonces, tomas la determinación de conocerte de nuevo y amarte a ti misma, haciendo una pausa en la búsqueda de la felicidad que, por supuesto, la mayor parte del tiempo, te provoca stress.

Y así, aprendiendo a amarte de nuevo, a cuidarte, durante un amanecer cualquiera, dices: “Dios mío, cómo me gusto así, cómo me quiero así, cómo disfruto cada momento conmigo misma”, y sintiéndote inspirada y llena de “algo” empiezas a acercarte, en tu tiempo a solas, a Dios, del que tanto hablabas, pero a quien poco buscabas. Entonces, no paras de agradecerle por los rayos de sol, por tu salud que cada día está mejor (porque obvio, te estás cuidando más), por esos afectos familiares que sólo cuando falten sabrás valorar en su justa medida, por las lágrimas ya que tienes la capacidad de vivir tus emociones, por el techo, la comidita, el vestido… y por supuesto, por esas bellas mascotas que te hacen reír decenas de veces al día. En fin, despiertas y agradeces por la VIDA. Y como ya sabes amarte, te empiezas a dar cuenta que tampoco sabías amar muy bien que digamos. “Cómo amar a alguien, si no te estás amando a ti misma” pensabas que era un cliché, pero resultó que no.

Luego, tras un tiempo en este vaivén de pequeños, pero significativos, cambios, vuelves a ti, y reconoces la presencia en ti misma, de tu Creador, sorprendiéndote: soy feliz.  Te tardas en aceptarlo, porque te cuesta reconocer que te habías equivocado al buscar fuera de ti, en donde no hay espacio para recibir. Ya no buscas, ya no anhelas, ya no codicias, ni deseas, sólo abres tus manos en agradecimiento y –aunque a veces no te sientes merecedora de tanta dicha– abrazas y aceptas el regalo.

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